Lourdes Piñeiro, profesora de profesores: “No me imagino la vida sin enseñar literatura”

Por: Héctor Segarra, Yorgelis Karolina Paz Sarmiento, Nasim Sahli y Fabi Xhafa Ribera

El pasado mes de enero, Lourdes Piñeiro Carballal, profesora de Lengua Castellana y Doctora en Literatura, cerró su etapa como docente en el Instituto Joaquima Pla i Farreras después de casi 40 años dedicada a la docencia. Hoy, a sus 60 años, Lourdes disfruta merecidamente de su jubilación y del tiempo que esta le brinda para dedicarlo a leer y releer a sus autores favoritos, como Carmen Martín Gaite. También aprovecha para pasar tiempo con su familia y sus amigos, pasear, hacer deporte, y asistir a sus clubes de lectura. Además, continúa motivando y formando a futuros profesores en la Universidad Pompeu Fabra. Esta entrevista es un homenaje a una gran persona y una magnífica profesora que ha inspirado a muchos jóvenes y compañeros de profesión. 

Lourdes, como especialista en Literatura que eres, ¿podrías comentarnos cuáles son tus referentes literarios?

Me cuesta mucho hablar de un solo referente en literatura, pero ya que estamos hablando con alumnos y aunque sea un tópico y un clásico, destacaría a Cervantes. ¿Por qué? Porque Cervantes siempre te enseña a buscar y a encontrar muchísimas perspectivas en la vida. Al trabajar con alumnos uno tiene que ser muy flexible y tener mucha cintura ya que cada uno de vosotros sois un mundo, hay múltiples puntos de vista ante todo, y antes he citado a Cervantes, pero siempre me emociono cuando hablo de Machado o de Lorca, es que sería un no parar… 

¿Por qué decidiste convertirte en docente? 

Siempre, siempre, siempre he querido dar clases, es que no me imagino la vida sin enseñar literatura; las personas que me conocen desde pequeña me comentan que ya entonces soñaba con ser profesora. Mientras estudiaba, trabajé de administrativa en la empresa privada y en la Administración Pública, pero solo fueron actividades circunstanciales; lo que estaba construyendo realmente empezaba en la Universidad de Barcelona tras mi jornada de ocho horas.

Empecé a trabajar como profesora a los veinticuatro años, ya que acabé mis estudios de Filología Hispánica a los veintitrés. Preparé oposiciones durante un año y ya a los veinticuatro gané mi plaza. Desde los veinticuatro no he parado hasta mis sesenta actuales, pero ahora hay que dejar espacio para las nuevas generaciones. Nunca me he cansado de mi profesión, la literatura ha sido mi compañera de viaje y siempre ha sido una fiel aliada para acercarme a vosotros.

¿Cómo han sido estos años como docente?

Bueno, últimamente ha habido tantos cambios que en algún momento he notado que se abrían algunas grietas en mis convencimientos profesionales. Donde realmente seguía sintiéndome segura era dentro del aula, pero mis dudas se acrecentaban cuando salía de ella. 

Empecé dando clases cuando no existía ni la secundaria tal como se entiende hoy en día –  seguramente vuestros padres recordarán que esos estudios se denominaban BUP y COU— ; solo se concebían las clases magistrales, en general, los estudiantes eran más autónomos y las familias no se involucraban tanto en el concepto actual de comunidad educativa.  Aunque os parezca mentira no existían los ordenadores, ni internet; imaginad todo era muy distinto, muy distinto, muy distinto. Me siento como si hablara para vuestros abuelos…  

De todas maneras, los adolescentes son siempre adolescentes y vuestro mundo no dista tanto de mis primeros alumnos, solo habría que añadir el entorno actual que generan las redes sociales; las nuevas tecnologías nos han cambiado a todos ¿no? Pero lo que es la cercanía con un alumno, implicarte en su aprendizaje, intentar sentirlo como persona, reforzar su auto concepto e intentar seducirle en tus clases; eso está ahí siempre, siempre perdurará.

¿Qué consejo les darías a los jóvenes estudiantes de hoy en día que tienen acceso a tanta información?

Les diría que el exceso de información también puede convertirse en una trampa. A un alumno le aconsejaría que fuera siempre prudente, o sea que no se precipitara, que se tomara su tiempo. Justo ahora que vivimos en un mundo en el que todo va muy rápido, aconsejaría no correr, detenerse un momento y leer con calma, quién te habla, de dónde procede esa información; evitar en todo momento la prisa. En definitiva reivindico el elogio a la lentitud. Tampoco estoy descubriendo nada especial, pero, por favor, que os paréis un ratito cada día, un poco, porque vamos todos muy deprisa… analizadlo todo… Frenad un poco, eso, así de simple.

¿Qué quieres transmitir a tus alumnos en tus clases, o qué es lo que quieres que se lleven de ti?

Me gustaría que mis alumnos sintieran que me apasiona mi trabajo y que siempre se puede encontrar una lectura que te acompañe; a lo largo de nuestras vidas viviremos diversas circunstancias, estados de ánimo y un libro con su historia estará siempre aguardándote. Las clases de literatura deben dejar un poso que resurja cuando nuestros estudiantes ya estén fuera de un centro educativo. Aunque parezca una idea muy simple, no la descartéis, por favor. 

Sabemos que has dejado huella en muchos alumnos, ¿qué es lo que has hecho para conseguirlo? ¿Qué te diferencia de otros profesores?

No lo sé, a ver lo que está claro es que cada uno de vuestros profesores es distinto y ahí radica una gran riqueza; ninguno es mejor que otro. Nadie es mejor que otro, porque cada uno tiene una forma de ser y de articular sus materias de aprendizaje. Alumnado y profesorado nos pasamos numerosas horas conviviendo y, a veces, pueden estallan los conflictos. Uno de los pilares de nuestra profesión es resolverlos, mantener el equilibrio y que una vez solucionados no alteren el ritmo de la clase; no es fácil, no siempre se consigue, pero ahí entra en juego la experiencia docente. Hay que saber jugar con nuestros roles y no mezclarlos…

Creo que un profesor, y no sé si os gustará esta idea, no puede ser vuestro amigo, a veces has de discutirte y has de dejar las cosas claras, pero siempre desde el respeto que debe primar en toda comunidad educativa. Escucho lo que tú me estás diciendo, pero debo hacerte ver, aunque en ese momento no lo sientas, que el camino no es este. Es un aprendizaje de vida, sin enfadarnos, aunque ahora mismo te estén saliendo chispas y tus pensamientos sean horribles, ¿no? Pero tienes que adecuarte a lo que te esté comentando, siempre desde una mutua consideración, y ya está, nada más. Lo pactamos, lo hablamos, te doy mis argumentos y, al mismo tiempo, escucho los tuyos. Cuando hay situaciones complicadas, lo mejor es mantener ese diálogo fuera del aula, no dentro, porque a veces, en ese espacio físico concreto se generan unas inercias, unos movimientos que interfieren; el camino es tan simple como que propiciemos esa escucha recíproca.   

Lo que ocurre con nuestra profesión de docentes, es que a veces de forma inmediata no ves los resultados de todo este proceso anterior y solo nos quedamos con una nota académica y eso sería simplificarlo todo. A nadie le gusta comunicar un mal resultado, pero a lo mejor supone un resorte para estimular futuros replanteamientos, para desarrollar aprendizajes y cambios. Hay que valorar la diversidad de tu alumnado y pensar qué les puedes exigir, cómo los puedes acompañar, porque no creo que el camino sea simplemente esa idea maximalista de apruebo a todo el mundo y solo me quedo con eso…

Antes os hablaba de ese mundo de perspectivas cervantinas, ¿no? Hay tanta flexibilidad y tantas situaciones diversas que un proceso educativo puede llegar a ser doloroso.  Ves los resultados cuando han pasado los años, cuando te encuentras ex alumnos paseando por el pueblo, y te recuerdan su paso por nuestro Instituto y entonces te explican cómo se sintieron, qué aprendieron y qué les quedó de su época de estudiantes.  Es lo que tiene nuestra profesión, ¿no? Que es un viaje, es un granito y otro granito… Y es lento, lo que antes os decía, pero al final hay resultados, y a veces, en el momento, no gustan determinadas situaciones, pero después hay resultados.  

Durante los cuarenta años que has estado en la docencia han habido diversos cambios a nivel tecnológico, a nivel educativo, etc. ¿Te has tenido que reinventar como profesora?

Muchísimo. Ahora, que he estado recogiendo todos los materiales que aún tengo en el departamento: libros, apuntes, trabajos, etc., he sido, si cabe, más consciente de mi evolución tanto en el acercamiento emocional a mis alumnos como en aspectos de forma como el camino del papel a mis actuales archivos digitales; además los años de pandemia todavía han acelerado más esos instrumentos tecnológicos. 

Afortunadamente mi mundo es la lengua y literatura, que en el fondo es algo tan fundamental como leer y escribir. Los que me habéis tenido como profesora sabéis que siempre os reclamo escribir en papel, sobre todo en esas redacciones de aproximadamente doscientas palabras, siempre protestáis por ello, y seguro que os parece que utilizo una estrategia del paleolítico. Estoy convencida que la concentración aumenta con un bolígrafo en la mano, y aparece el proceso de tachar, rehacer; ese es el principio fundamental del aprendizaje de la escritura. Todo esto no quiere decir que me aleje de la tecnología, también tiene su papel en momentos puntuales. Por ejemplo determinados recursos audiovisuales, incluso las redes sociales, pueden ayudar a estimular ciertos trabajos creativos tras alguna de las lecturas que se han acompañado en el aula. Determinadas escenas de películas, el análisis de anuncios, etc. también forman parte de nuestro currículum.

¿Nos podrías revelar las lecturas que te marcaron en la adolescencia?

A ver, hay una… cuando tenía vuestra edad recuerdo especialmente a una profesora chilena, que era una refugiada política, tuvo que escapar de su país, y ella nos abrió la puerta a toda la literatura hispanoamericana. En ese momento, como adolescente, me impactó un libro de Miguel Ángel Asturias, Señor presidente, me dejó una profunda huella ya que detallaba injusticias sociales que desconocía; persecuciones y torturas físicas plasmadas con toda su crudeza. Este impulso ya fue el definitivo para confirmarme que quería dedicarme a la enseñanza y estudiar filología hispánica. Su influjo fue clave en mi vida. Recuerdo con gran cariño todas sus propuestas lectoras: leíamos poesías, hacíamos montajes… bueno, fue espectacular…

Si tuvieras que recomendar una lectura a los jóvenes de hoy en día ¿cuál sería y por qué?

Madre mía una lectura concreta…ahora sí que me pillas… no sabría qué decir. Cada uno de vosotros sois tan diferentes, tenéis vuestros propios referentes audiovisuales, lecturas previas, gustos, vidas diversas,…Deberíamos hablar un poco, mantener una breve conversación, para poder ajustar algunas recomendaciones lectoras.

Un camino son las lecturas que leemos en clase, estas deben ser compartidas, porque pienso que al menos dos lecturas a lo largo del curso deben comentarse y acompañarse en el aula. Siempre me decanto bastante por el mundo de los clásicos; la literatura canónica de diversos siglos, por ejemplo este primer trimestre de cuarto de secundaria hemos leído a Bécquer y a Lorca. Nuestro papel como centro de enseñanza es presentároslas y ayudaros a entrar en ellas para que las sintáis cercanas. Ellas pueden ser el camino de acceso a otras lecturas, a otras constelaciones literarias que quizás no conoceríais sin nuestra seducción. Muchas veces os sorprendéis cuando se establecen conexiones entre vuestra música, o incluso determinadas letras de rap o de la misma Rosalía, con poemas leídos en clase.

Evidentemente, después está el contrapunto de lectura libre e individual y para ello contamos con la plataforma Legiland de nuestro Instituto. Resulta estupendo disponer de tantas opciones de lectura y un equipo de profesorado que acompaña y aconseja con Cristina Heras siempre detrás pensando cómo ampliar el catálogo y cómo buscar sistemas de ayuda lectora…Se debe seguir luchando por este engranaje que lleva años funcionando y solicitar todo el tiempo posible para las recomendaciones individuales, para esos momentos de las horas de patio en los que vienen alumnos diciendo “pues a mí me gusta la ciencia ficción.” “a mí me gusta el misterio”, “me gustan las novelas de amor.”; son momentos intensos que requieren su espacio y una cierta lentitud.

Pensad que uno de los temas recurrentes en las reuniones de los departamentos de lenguas es decidir las lecturas de cada curso, siempre le damos tantas vueltas a qué escoger, miramos siempre la promoción “pues este segundo…”, “a ver este tercero…”, “esta salida de teatro para esta obra”, etc.   

¿Crees que se puede enseñar a amar la literatura?

Estoy convencida. Siempre habrá gente que le cueste, hay personas que se ponen en contra, ya como principio, “yo no puedo leer” pero a lo mejor no se acercan a un libro muy largo, pero se les puede ir abriendo camino con el mundo de los cuentos o de la poesía… Justo ahora con la pandemia ha habido estudios que han constatado un incremento lector. 

Soy consciente que vuestro mundo está repleto de precipitación, que ahora vuestra vida, es una suma de múltiples historias personales y que la tentación de las redes sociales os absorbe; todo es muy complicado, pero quizás esos impulsos que hemos ido dejando a lo largo de estos cursos resurgirán en vuestra futura vida adulta. 

Se observa que, en general, el perfil lector se debilita alrededor de tercero y cuarto de secundaria y en bachillerato continúa esa tendencia a la baja ya que la lectura compite con temas que os atraen mucho más además de la fuerte presión académica. Pero no podemos permitirnos bajar la guardia, hemos de continuar insistiendo; a lo mejor, de alguna manera, regresáis como lectores adultos. Hemos de dejar una semilla en vuestro interior y esa semilla debe estar allí, y, estoy convencida, que ya florecerá, ya saldrá…

En general, tenéis que pensar que cualquier libro que os proponemos en el instituto, aunque sea un libro de hace muchísimos siglos, intentamos que le hable a cada uno de vosotros, que os haga pensar, que os haga reflexionar sobre vosotros mismos y, por supuesto, ese disfrute personal e íntimo siempre lo llevaréis dentro, formará parte de vuestra existencia. 

Una vez acabada tu etapa como profesora, ¿quieres seguir en contacto con la docencia?

Sí, sigo dando clases en la universidad; mi trabajo ahora se centra en futuros profesores de lengua y literatura. Eso me continúa estimulando a seguir en el mundo de la enseñanza y me da mucha energía. Los veo repletos de ilusión en su futuro trabajo y me traspasan su fuerza.  También tutorizo profesores que están en prácticas, observo su contacto con sus primeros alumnos, atiendo sus dudas, cómo encarar determinadas dificultades, etc. 

De momento estoy en este proyecto de la Universidad Pompeu Fabra y ya veremos hasta cuándo continuaré, ahora mismo ha supuesto una buena transición profesional. Quizás me hubiera sentido un poco huérfana si, de repente, hubiera abandonado totalmente cualquier contacto con la enseñanza. Han sido muchos años y muy intensos, pensad que las personas que nos dedicamos a la enseñanza siempre estamos pensando: “¡Ay! mira, esto lo podría utilizar en clase”, lees un artículo que te aporta nuevas ideas, compartes ideas con tus compañeros… Entonces que ya no lo tengas porque no tienes alumnos, te sientes como que te falta agua, que te falta vida. Por lo tanto, que, de alguna manera, pueda continuar sintiéndolo de esta manera, me revitaliza.

Cuando miras atrás, ¿qué es lo que más te enorgullece de tu paso por las aulas?

¿Qué me enorgullece? Me enorgullece pensar que hasta el último día, he estado en el aula y que nunca he dejado de sentir pasión por mi profesión, siempre he disfrutado de esa sensación de entrar en la clase. Cruzar la puerta y estar ahí sola con tus alumnos, notarlos, compartir con ellos esa pequeña parcela de conocimiento y, de alguna forma, moldear su crecimiento.

Evidentemente si repasas tu historial docente, recuerdas días que no fueron buenos, en los que todo fue mal, que todo lo que habías planificado no funcionó, que saliste enfadado… Que te recriminas a ti misma que lo has hecho fatal, quería explicar esto y no he encontrado el hilo, no he sabido neutralizar aquella parte de la clase que me ha interferido, pero, a pesar de todo no lo cambiaría por nada.

No sé cómo explicarlo, pero notas las energías de la clase, igual vosotros no os dais cuenta pero, muchas veces, debes rectificar sobre la marcha cuando sientes, “¡uy! esto no está funcionando” “unas caras de aburrimiento, aquel está bostezando”…

 Me llena de orgullo no haber perdido la ilusión del primer día y puedo afirmar que no ha sido un simple trabajo, en el que solo buscas la remuneración final. Esta es la clave fundamental y la que me permite animar a las futuras generaciones que deseen dedicarse a la enseñanza, adelante, sí. 

No se puede navegar en este mar sin crear equipo tanto con vosotros como con todos mis compañeros de profesión.

¿Podrías decir un motivo por el que decidiste enseñar o guiar a tantas personas?

Es que no quería hacer otra cosa, es que mi oficio es este, acercaros la lengua y la literatura castellana, e intentar conseguir que se integre en vuestras vidas.   Creo que la literatura, las lecturas, el leer y su posterior comentario, todo ello unido se convierte en un bálsamo, son los mejores recursos para fomentar la afectividad en el aula. 

Podría personalizar que en numerosas ocasiones personales de mi vida la lectura me ha salvado la vida, por lo tanto si, de alguna manera, pudiera compartir esa vivencia, aunque fuera un poco, habría dado ese testigo en la carrera de obstáculos de la vida y me sentiría realizada, profesionalmente hablando. 

¿Qué esperas de esta nueva etapa que inicias? ¿Qué expectativas tienes?

Fundamentalmente desearía recuperar un poco de lentitud. No necesito un despertador para empezar el día ya que normalmente me despierto pronto, pero podré detenerme más en los pequeños detalles de la vida, sin prisa, sin un horario fijo. Esto es lo que me gustaría recuperar, aunque no sé si lo conseguiré del todo, porque, aunque no lo parezca, soy bastante inquieta, siempre estoy haciendo planes, todo me interesa y yo misma debo frenar un poco. 

Querría paladear todo lo que me rodea, incluso el hecho más superficial: vas a comprar el pan y ,en lugar de ir corriendo, hacerlo tranquilamente; si te gusta parar a mirar algo, no reprimirte;  sentarte en un banco y ,por qué no, ver pasar la gente; perderte en las librerías; leer la prensa; en definitiva, observar, ver y sentir. 

Lo que sí que puedo afirmar es que no echaré en falta la corrección de exámenes, redacciones, ejercicios diversos. Últimamente notaba que, a pesar de la experiencia, cada vez dudaba más, iba más lenta y tardaba mucho más. Y no digamos en el periodo de las evaluaciones, decisiones en las notas, les daba vueltas y más vueltas…Tampoco echaré en falta la sensación de esos domingos por la tarde en los que ya estabas preparando tu materia, pensando o planificando para que las clases de la semana funcionaran. 

¿Qué les dirías a esas personas que se quieren dedicar a ser profesores y qué sería lo más difícil con lo que se podrían encontrar?

Por un lado, lo que diría es que si te quieres dedicar a ser profesor de lengua y literatura, tus alumnos tienen que notar que aquello te gusta y te apasiona, porque no puedes transmitir una lectura que tú misma no la sientas. A lo mejor en otras profesiones puede ser todo más automático pero en esta no puedes mentir sobre esa parte emocional; vosotros, los alumnos, enseguida lo percibís.  Debe notarse que aquello que estás dando, tú te lo crees y quieres transmitirlo.

¿Qué sería lo más difícil que te puedes encontrar en el camino?

En estos últimos años lo más difícil es atender la diversidad. Esto es algo complicado porque en una clase de treinta alumnos, a veces, resulta muy difícil llegar a todos. Y no solamente porque alguien tenga dificultades académicas, sino porque puede haber estudiantes que pasan desapercibidos y necesitarían una palabra de ánimo; eso es para mí la diversidad. Además, tras la pandemia, todavía se detectan muchos más frentes emocionales a los que habría que atender. Cada alumno tiene una familia, una situación personal, unas vivencias y muchas veces no llegas a descubrir qué le ocurre, para mí esa es la mayor dificultad. Por ejemplo, tienes dos horas de clase a la semana con ese grupo y es tan poco, que, si no los conoces previamente, se te pueden escapar muchos matices vitales. 

Y por último y lo que creemos más importante, ¿cree que ha cumplido su objetivo como maestra?

Nunca se cumple del todo, aunque imagino que he transmitido que sí que creo en lo que hago. Lo mismo que me ocurre cuando escribo que nunca dejo de revisar y reescribir, lo mismo en mi oficio… Seguro que no he llegado a todo el mundo, que me he equivocado tanto en la elección de lecturas compartidas para todo en curso como en las recomendaciones individuales o en determinadas estrategias en el aula. Y, fundamentalmente, me queda siempre pendiente el tema de la diversidad, el saber proporcionar a cada alumno lo que necesita. En general, todas las decisiones necesitan sosiego y, a veces, el empuje y la presión cotidiana hace que no dispongamos de esos espacios de reflexión.  

Para terminar, ¿qué opinaría de la frase “un profesor nunca deja de enseñar, no sabe dónde llegara su huella”?

La verdad es que no sé qué responder, las personas que tenemos un oficio, incluso las personas que pueden ser un carpintero o un lampista nunca deja de serlo, porque lo llevan en la sangre, lo llevan en su ADN. Lo tienes presente en todas las circunstancias, incluso cuando hablas de cualquier tema, cuando escuchas, en el orden en tus explicaciones, en la forma de mirar a los adolescentes del mundo… Lo llevas ahí, o sea que nunca, nunca, dejas de sentir tu profesión.

Todavía estoy situándome en mi nueva vida, pero no descarto realizar algún voluntariado en el mundo de la educación, incluso en nuestra ciudad, en Sant Cugat. Nunca dejas de ser profesor, siempre tienes una mirada cercana hacia las personas de vuestra edad, han sido muchos años de intuiciones, de descubrir lo que muchas veces deseabais ocultar…